CALLES MAGULLADAS
Es una calle larga y
silenciosa.
Ando en tinieblas y tropiezo
y caigo
y me levanto y piso con pies
ciegos …
OCTAVIO PAZ
Afuera las calles magulladas de los zapatos vestales,
ese antiguo yo de los espejos
frente a los símbolos arraigados de las nubes:
saludo al bullicio esparcido en las baldosas,
a la supremacía de la razón sobre la doctrina
de viejos cadáveres;
saludo al alarido del minuto sobre la hojarasca.
No me conduelo ante la sangre de los incautos y
alevosos:
del azúcar desasida en la yema de los dedos,
con el perfume copiosos del tiempo
y su ahora de fúnebre garganta:
celebro las calles magulladas de la noche,
la sábana con anhelos de neblina,
y esas palabras apresuradas
saltando como monedas en el estío.
Celebro los caminos verdes y las manos que construyen
en medio de los vaticinios del sub-subsuelo.
(Tal vez en otro
tiempo las moscas
no arruinen la carne
fresca
ni el deseo sea
enfermiza pujanza del ego,
idolatría del humo,
página sucia de los
periódicos.
En la plaza están
presentes los gestos bufones del ocio,
los sonidos silvestres
de la carcoma,
el manglar de
grietas sin consuelo.
Los rincones no
dejan de ser un diminuto griterío
con oscuros focos
incubados en
paredes:
las alambradas
cruzan las calles,
alguien necesita
loas para saciar su esquizofrenia;
por desgracia
la caridad aquí es
una ciénaga inexplicable.
Cada espasmo de
placer es fatídica glosa del humo,
de la alcantarilla
rota de la miseria,
de esa pus
estacionaria en la semana,
con viejas tenazas
de moho.
La lluvia es cierta
cuando no transita en rieles de angustia
ni el hueco del
fósil que dejó la noche prendido en el cuenco
de las hormigas).
Los transeúntes muerden las calles magulladas por el
tráfico;
necesitamos cándidos alfileres para inspirarnos en la
exquisitez
de la basura,
en las vísceras malsanas de la herida que galopa
en los números impares del ensueño.
Atravieso el escalofrío de los vitrales con cierto
desdén,
ahí donde los atrios
y las feligresías ocultan
feroces delirios:
así empecé a atravesar el turbante de la duda,
a descubrir el cielo falso de las plegarias sin
respuestas,
a su susurrar frente al espejo de las calles.
(Cuando descubrí el absurdo, vi petate y
trapos de ira,
alas cortadas y ese
aire viciado de los antros.
Otro día las calles
apestaban a tabaco,
a esquinas
malolientes de cópulas,
a ojos que vigilaban
desde el techo con siniestras agujas.
Después de todo, fue
un minuto impredecible: bajó la ponzoña
disolviendo los
tabancos,
—pero no pudo la
demencia, chupar
la sangre del poema
aun con todo el telar de la saliva).
Afuera sigue el viento con su biblioteca de ortopedia
y ardores.
Sigue la luna en un bosque de pupilas siempre al
límite,
SIGUE el magullón insomne en las calles.
SIGUE LA NADA y todos callan.
Barataria, 2011
