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ESTAMPA DE CERRAJERO
Muerde a mansalva el azafrán de las hojas, el desvarío
del sudor, el ápice del tórax en la cerradura. El grano de abismo
o los párpados de la llave invertebrada de voces.
Muerde el caballo de anís, el invierno umbilical en el reino
del subsuelo, la mesa de césped donde hundo el reojo.
Titubeo alrededor de la almohada no de la humedad del sueño
en la respiración de todo cuanto devora el hierro.
Ciego de altar, me turban las miradas —ahí la gota ígnea
en las manos, el polen de las poluciones en caída libre,
el arpón lúdico en el rascacielos de la profundidad,
el décimo mandamiento a pie y sin paraguas que se vislumbre,
las sílabas en el cestillo de los ijares. Pestañeo de zancos
para sumergir los dedos,
saltar los ojos como una liebre entre aguas mortales.
La otra boca lame la totalidad de la puerta de los lóbulos.
—Después, ¿dónde te nombro?
Después, ¿dónde te muerdo, el cielo, el alma, el jadeo?
Después el poro del rocío. Hincada, absoluta, la semilla.
En todos los rincones, líquida, socavados los peces.
—Brilla la resina del cuaderno en la antorcha de los poros.
Ciempiés la saliva en los oídos, el fardo del pestañeo
en el ombligo, el jadeo sin agotar los relámpagos.
Mientras platicamos en la brevedad de las cobijas,
toda lejanía entierra sus huesos.
La noche se vuelve una alcancía soterrada en la madera.
Entre asedio y desorden, la abeja resbala en la ventana.
Entre el espejo el azúcar de tus senos,
la canela del ombligo,
el amaranto de los manotazos. El cuerpo entero sumergido.
Entre la esperma y el dátil, el otro cielo del párpado,
la luz que, oscilante llena los confines:
la medialuna de los caracoles, la lengua del apio en el cielo.
Un día no es suficiente para tender la lengua en el vértigo
absoluto, tampoco para revelar todo el Paraíso.
Son necesarios: días, meses, años,
para beber toda la fosforescencia, la sombra quedada
en las sienes, el incendio sin reloj.
Te siento interminable de muslos en la embestida.
(Visiblemente ciega la
voracidad del cuerpo degollado).
Del
libro: «Penumbra de la llama»,
©André
Cruchaga
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Barataria.

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