jueves, 1 de enero de 2026

CALLES MAGULLADAS

 



CALLES MAGULLADAS

 

Es una calle larga y silenciosa.

Ando en tinieblas y tropiezo y caigo

y me levanto y piso con pies ciegos …

OCTAVIO PAZ

 

 

Afuera las calles magulladas de los zapatos vestales,

ese antiguo yo de los espejos

frente a los símbolos arraigados de las nubes:

saludo al bullicio esparcido en las baldosas,

a la supremacía de la razón sobre la doctrina

de viejos cadáveres;

saludo al alarido del minuto sobre la hojarasca.

 

No me conduelo ante la sangre de los incautos y alevosos:

del azúcar desasida en la yema de los dedos,

con el perfume copiosos del tiempo

y su ahora de fúnebre garganta:

celebro las calles magulladas de la noche,

la sábana con anhelos de neblina,

y esas palabras apresuradas

saltando como monedas en el estío.

Celebro los caminos verdes y las manos que construyen

en medio de los vaticinios del sub-subsuelo.

 

(Tal vez en otro tiempo las moscas

no arruinen la carne fresca

ni el deseo sea enfermiza pujanza del ego,

idolatría del humo,

página sucia de los periódicos.

En la plaza están presentes los gestos bufones del ocio,

los sonidos silvestres de la carcoma,

el manglar de grietas sin consuelo.

Los rincones no dejan de ser un diminuto griterío

con oscuros focos

incubados en paredes:

las alambradas cruzan las calles,

alguien necesita loas para saciar su esquizofrenia;

 por desgracia

la caridad aquí es una ciénaga inexplicable.

Cada espasmo de placer es fatídica glosa del humo,

de la alcantarilla rota de la miseria,

de esa pus estacionaria en la semana,

con viejas tenazas de moho.

La lluvia es cierta cuando no transita en rieles de angustia

ni el hueco del fósil que dejó la noche prendido en el cuenco

de las hormigas).

 

Los transeúntes muerden las calles magulladas por el tráfico;

necesitamos cándidos alfileres para inspirarnos en la exquisitez

de la basura,

en las vísceras malsanas de la herida que galopa

en los números impares del ensueño.

 

Atravieso el escalofrío de los vitrales con cierto desdén,

ahí donde los atrios  y las feligresías ocultan

feroces delirios:

así empecé a atravesar el turbante de la duda,

a descubrir el cielo falso de las plegarias sin respuestas,

a su susurrar frente al espejo de las calles.

 

 (Cuando descubrí el absurdo, vi petate y trapos de ira,

alas cortadas y ese aire viciado de los antros.

Otro día las calles apestaban a tabaco,

a esquinas malolientes de cópulas,

a ojos que vigilaban desde el techo con siniestras agujas.

Después de todo, fue un minuto impredecible: bajó la ponzoña

disolviendo los tabancos,

—pero no pudo la demencia, chupar

la sangre del poema aun con todo el telar de la saliva).

 

Afuera sigue el viento con su biblioteca de ortopedia y ardores.

Sigue la luna en un bosque de pupilas siempre al límite,

SIGUE el magullón insomne en las calles.


SIGUE LA NADA y todos callan.

Del libro: «Testamento del pretérito», 2011

©André Cruchaga

Barataria, 2011