miércoles, 21 de enero de 2026

PECES CIEGOS

 


Imagen tomada de Pinterest

PECES CIEGOS

 

 

La inexistencia es hueca como las máscaras y su visión es
lívida, pero tú oyes el grito de las madres del agua y acaricias
los ojos que vieron la inexistencia.

ANTONIO GAMONEDA

 

 

Hay gastadas corrientes de zarza sobre el pez antiguo

del balcón tallado para transitar el camino.

Venimos de rostros manchados por gotas de tiempo,

instantánea espuma en los ojos,

líquidos espejos deshabilitados sobre adoquines.

Amanecemos vencidos por bocas oscuras.

En las manos, la bacinica de la niebla hasta las rodillas,

hace del juego pulmones sacudidos,

chorritos de sol, pedazos de sonrisas reales,

ventisca de ojos fallidos,

relojes de polvo mordiendo los poros, 

desfile de musgos compungidos, ancianos ya sin ciudadanía,

pequeños lavatorios para el llanto oportuno,

mordiscos de vitrinas como anzuelos domésticos,

monotonías de la boca colgando del ciempiés del sueño.

 

En las tumbas callosas de la labranza, las torpezas a la vista,

el surco de sangre anegado de tierra,

ecos de la ventana sobre el plato íntimo de la sábana.

En esencia, la luz hermética de peces ciegos y de rodillas.

Las hormigas trasegadas de los senderos en sal,

los platos rotos del amor benigno. El amor de las escamas

de estos largos días atravesando la vida.

La mendicidad de siempre a la orden de todos los días.

Nos guarecemos en el balcón de la espina;

somos el granero de su recuerdo, graneros de hijos enterrados,

el zapato sobre el adoquín atravesando los días de lluvia.

La ropa colgada en la alambrada de los dueños de la pobreza,

la conciencia trabajada en cada página irremediable.

 

Me aferro a esta doctrina de símbolos, a la necesidad

de sobrevivir aun cuando el nosotros huya de lo abominable.

(Como un pez ciego improbable de escalofríos.)

 

—Árboles bajo la nube de la promiscuidad de las calles,

amorosas lágrimas de la sobrevivencia,

empapadas de yerba glacial, calles de cercanos carbones

a punto de colapsar en la boca de postales tristes,

a punto de morder los calcetines,

y olvidar la risa en el agua ciega de los días finales.

 

Desde luego no es fácil contener la risa en la concavidad

de las manos, en el dedo gordo de la tierra,

en la llovizna del grito acostumbrada al miedo intemporal

de los guacales respirados por el frío.

Desde luego la ubre de la noche abre su moho de rosa

olvidada en algún rincón de sí misma.

 

Agoniza la ventana de las luciérnagas frente al extraño apetito

de la boca, frente al punzón inerte de la siesta,

frente al violín de la misa. Y su severo desaliento.

(En un país como el nuestro ya no podemos mandarle

a las muchachas cartas manuscritas ni anochecer los fines

de semana en un parque).

 

Siento que los párpados como quemaduras de agua,

arrasan con las paredes hasta sólo quedar el luto.

Hasta solo la respiración maloliente de las idolatrías.

De pronto, también, ya nada es posible en la memoria:

cada calle posee oscuridades amenazantes, cadáveres desnudos,

amaneceres descalzos, hambres que los pétalos no entienden,

bejucos de ciego sabor, batallas perdidas por la sangre.

 

Desde los cuatro costados, la sal en las costillas, el carraspeo

como un caballo salvaje en la garganta,

las verdades a medias de las cartas, húmedas del moho.

 

Al final, los peces mueren enredados en la corriente de agua,

bajan lánguidos, vencidos por nuestro trópico.

En el simbolismo indecible de las espuelas y las ganzúas,

este instante de realidad que nos consume,

esta escoria de herrería donde se revela el corazón del hombre.

 

Del libro: «Posesión del fantasma», 2010

©André Cruchaga

Imagen fotografía tomada de Pinterest

Barataria, 2010



jueves, 1 de enero de 2026

CALLES MAGULLADAS

 



CALLES MAGULLADAS

 

Es una calle larga y silenciosa.

Ando en tinieblas y tropiezo y caigo

y me levanto y piso con pies ciegos …

OCTAVIO PAZ

 

 

Afuera las calles magulladas de los zapatos vestales,

ese antiguo yo de los espejos

frente a los símbolos arraigados de las nubes:

saludo al bullicio esparcido en las baldosas,

a la supremacía de la razón sobre la doctrina

de viejos cadáveres;

saludo al alarido del minuto sobre la hojarasca.

 

No me conduelo ante la sangre de los incautos y alevosos:

del azúcar desasida en la yema de los dedos,

con el perfume copiosos del tiempo

y su ahora de fúnebre garganta:

celebro las calles magulladas de la noche,

la sábana con anhelos de neblina,

y esas palabras apresuradas

saltando como monedas en el estío.

Celebro los caminos verdes y las manos que construyen

en medio de los vaticinios del sub-subsuelo.

 

(Tal vez en otro tiempo las moscas

no arruinen la carne fresca

ni el deseo sea enfermiza pujanza del ego,

idolatría del humo,

página sucia de los periódicos.

En la plaza están presentes los gestos bufones del ocio,

los sonidos silvestres de la carcoma,

el manglar de grietas sin consuelo.

Los rincones no dejan de ser un diminuto griterío

con oscuros focos

incubados en paredes:

las alambradas cruzan las calles,

alguien necesita loas para saciar su esquizofrenia;

 por desgracia

la caridad aquí es una ciénaga inexplicable.

Cada espasmo de placer es fatídica glosa del humo,

de la alcantarilla rota de la miseria,

de esa pus estacionaria en la semana,

con viejas tenazas de moho.

La lluvia es cierta cuando no transita en rieles de angustia

ni el hueco del fósil que dejó la noche prendido en el cuenco

de las hormigas).

 

Los transeúntes muerden las calles magulladas por el tráfico;

necesitamos cándidos alfileres para inspirarnos en la exquisitez

de la basura,

en las vísceras malsanas de la herida que galopa

en los números impares del ensueño.

 

Atravieso el escalofrío de los vitrales con cierto desdén,

ahí donde los atrios  y las feligresías ocultan

feroces delirios:

así empecé a atravesar el turbante de la duda,

a descubrir el cielo falso de las plegarias sin respuestas,

a su susurrar frente al espejo de las calles.

 

 (Cuando descubrí el absurdo, vi petate y trapos de ira,

alas cortadas y ese aire viciado de los antros.

Otro día las calles apestaban a tabaco,

a esquinas malolientes de cópulas,

a ojos que vigilaban desde el techo con siniestras agujas.

Después de todo, fue un minuto impredecible: bajó la ponzoña

disolviendo los tabancos,

—pero no pudo la demencia, chupar

la sangre del poema aun con todo el telar de la saliva).

 

Afuera sigue el viento con su biblioteca de ortopedia y ardores.

Sigue la luna en un bosque de pupilas siempre al límite,

SIGUE el magullón insomne en las calles.


SIGUE LA NADA y todos callan.

Del libro: «Testamento del pretérito», 2011

©André Cruchaga

Barataria, 2011